El país donde tener una alfombra es un lujo.

Posted on 21/11/2012

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Dadmelis A. Solórzano

@Dadsolorzano

Hola, he vuelto. Aunque José Martí dijo una vez que “uno debe saber vivir con el dinero que tiene”, en Venezuela eso no aplica. Fui invitada a ir de compras a una de las tiendas de la cadena más grande de artículos para el hogar del país y no me negué, era domingo y quería hacer algo.

Nos movilizamos hacia la Av. San Martín, -una zona popular de Caracas-, donde se encontraba la tienda, enorme, preparada para recibir a las decenas de personas que iban a visitar sus instalaciones. Entramos con la intención de comprar unas pinturas, pero el panorama era tan chévere y casual, -tanta gente comprando cosas que seguramente ni necesitaban-, que nos animamos y decidimos caminar por todos los pasillos de la tienda a ver qué más había allí para comprar, -siempre pensando en el consumismo-.

Vimos muchas cosas, entre ellas un par de pasillos llenos de lámparas, bellísimas, de todos los tamaños y colores, y ojo, de todos los precios, muy accesibles, para todos los bolsillos.

Pasamos a un pasillo donde estaban colgadas, -de todos los tamaños, colores-, alfombras, hermosas, sublimes, elegantísimas, alfombras para baño, alfombras para la entrada de la casa, alfombras para la sala, alfombras para las habitaciones, grandes, chiquitas, redondas, cuadradas, blancas, negros, de cuadros, todas, con precios que oscilaban entre los 600 y 2.000 bolívares decadentemente llamados fuertes.

Señoras y señores, lamentablemente ese día me di cuenta que vivimos en un país donde tener una alfombra, de cualquier tipo, es un lujo. Si normalmente el venezolano se gana 2.000 bolívares mensuales, que vendría siendo el sueldo base en cualquier empresa, el querer tener una alfombra para adornar la sala de la casa donde habita, por ejemplo, con una de estas a la venta en este establecimiento le vendría saliendo en la mitad o un poco más de la mitad de una quincena, sumándole a ello los gastos, -de seguro-, por alquiler de vivienda, pago de servicios básicos como luz, agua, aseo urbano y “derecho de un frente” que no existe. También el gasto alimenticio y blah, blah, blah, gastos que, -aunque no se paguen quincenalmente-, forma parte de esa lista de cosas por pagar obligatoriamente al mes y que al sumar sobrepasan, en la mayoría de los casos, el total pagado por labores mensuales.

Desde ese día me estoy preguntando cuántas alfombras tendrá, por ejemplo, Esteban en su casa, y cuántas voy a tener yo trabajando para personas que, aunque bien es sabido que alfombras tienen y tendrán, nunca van a soltarme más de lo que el deber ser como empresarios les indica para que yo pueda comprarme, al menos una con los sueldos que “propinan”. Chao.

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