Performance espectacular, pero sangriento.

Posted on 18/11/2011

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Dadmelis A. Solórzano

@Dadsolorzano

Emilio González - Foto: EFE.

Los seres humanos nunca estamos preparados para las grandes emociones, pero cuando llegan el resultado consecuencial de esas emociones es infinita, tal vez quieras tenerlas de nuevo, tal vez no, pero lo más seguro es que sientas la necesidad de provocar esas mismas grandes emociones en los demás y en ti mismo a como de lugar porque la impresión que dejan es, en la mayoría de los casos, extremadamente satisfactorio y llena de adrenalina.

Ayer Dave y Antonio nos dijeron, -a Ed, Marcos y mi persona-, para ir a Bellas Artes. Aceptamos. En ningún momento preguntamos qué íbamos a ver, solo disfrutamos en el camino de la compañía de este combo que, -se conoce hace poco, pero que ha fomentado un cariño inmenso entre sus miembros por el compartir del amor a las artes de todo tipo-, íbamos todos entusiasmados a ver un show, seguro.

Llegamos al sitio. La cantidad de gente era impresionante. Entonces pregunté qué hacíamos allí, quién se presentaría, me respondieron que Emilio, el médico, tatuador y multifacético artista venezolano iba a hacer su Freak Show. “Me quedo”, repliqué velozmente. Había tenido idea de cómo sería, porque aquello de haberlo visto en el programa Tabú de National Geographic, pero nunca me imaginé que sería tan cruento.

El beat del Drum and Bass, que siempre que lo escucho me recuerda a Regalado, comenzó a sonar mientras que un par de mujeres vestidas de enfermeras, -muy sexys por cierto-, entraban en tarima junto a un chacal plumífero, no sé cómo llamarle, para dirigir la música hacia las etéreas masas que allí se encontraban. Entró finalmente en la escena Emilio, ¡Wow, qué impresionante! Junto a él un par de hombres que parecían carniceros con un muchacho colgado de pecho y rodillas en una vara, cual cerdo a punto de entrar en la higuera. ¡Aquí fue cuando el combo y yo comenzamos a sufrir!

No habría pasado mucho tiempo para ver cómo le sacaban los ganchos al muchacho y el brotar de la sangre se hacía presente. Una tercera enfermera esperaba el brebaje para extrapolarlo en un lienzo en el que, -al final del performance- mostraría el rostro del autor del show, Emilio.

Emilio se preparaba entonces en el ínterin, -que cientos vimos anoche y no lo voy a repetir para no alargar más esta historia-, para colgarse. ¡OH, por Dios. No era yo la que estaba siendo pinchada por esos ganchos y sentí un dolor muy intenso en la espina. OH, FUCK!

Emilio González.

Hola man, mis respetos ante todo. Nunca me imaginé que iba a ver un performance tuyo tan cerca. Muchas cosas que me dejaron impresiones, pero sobre todas las cosas me dejó boquiabierta fue tu altísima tolerancia al dolor. Dicen que los pellizcos duelen, los mordiscos, los tatuajes, -este último un poquito, pero nada del otro mundo-, pero es que lo que vi anoche si fue algo que cambió todos los aspectos que conozco sobre el dolor o lo que creía conocer.

Creo que parte de esa estrategia tuya para arrancar el dolor de tu espalda, literalmente, es entregarte al público que espera que te suspendas de las fauces del suelo para elevarte hacia los aires. Disculpa la palabra, pero qué arrecho. Nunca había visto un performance tan impresionante, lo juro por Dios. Espero poder tener la oportunidad de volver a ese performance y llevar a mi mamá, quien dice estar convencida que esas son cosas no son de este mundo, bueno, si, pero no, de este mundo, pero más allá del dolor. ARRECHO. Bueno man, chao.

 

Suspensión de Emilio González

Suspensión - Foto: Antonio Alonso

Doble suspensión - Foto: Antonio Alonso

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